El Domingo de Romanos
El Domingo de Romanos
Rebosa de Primavera
el obscurecido cielo,
tachonado con estrellas
y sembrando de luceros;
lágrimas de luz de plata
van del espacio cayendo,
acariciando la noche
con sus brillantes reflejos,
noche de aroma y perfumes
de nardos y limoneros,
de claveles reventones
que se desangran en tiestos.
La bella noche andaluza
ha quebrado su silencio;
los trinos de un pasodoble
lanzan al aire sus ecos
y el redoble del tambor
lo va transportando el viento.
Una reja se entreabre
que oculta unos ojos negros
y unos labios femeninos
musitan casi en silencio:
-Son los romanos que suben
a cantar al Nazareno.
Y el pasodoble se apaga
ahogándose en el silencio
y de sus notas resurge
de un miserere el lamento
que va pintando en la noche
la emoción y el sentimiento;
y cuando la última nota
quiere apagarse en sus ecos,
una saeta valiente
se quiebra con voz de duelo.
-Son los romanos que vienen
a rendirse al Nazareno
Con la última bengala
ya se ha emprendido el regreso
y el pasodoble desgrana
de vuelta los mismos ecos.
Ya regresan los romanos
a cobijarse en su Imperio
envueltos en sus capuchas
y con su bandera al viento
y al descender de la Ermita
todos se quedan diciendo:
-Son los romanos que vienen
de rendirse al Nazareno.
Y la calle despoblada
se va llenando al momento
de los curiosos que acuden
a presenciar el cortejo.
Son los romanos que vienen
de amplias túnicas envueltos,
de pálidos colorines
que la noche vuelve negros;
al compás de un pasodoble
que redobla bullanguero,
verde y roja su bandera
agitada por el viento,
iluminando la calle
con bengalas, que su fuego
va salpicando luciérnagas
que se apagan en el suelo.
-Son los romanos que suben
a cantar al Nazareno.
En la Ermita de Jesús,
que cubre el dosel del Cielo,
resaltando su blancura
entre pálidos reflejos,
hacen un alto en la marcha
los Romanos del Imperio.